Tras los derrumbes familiares, conmoción de sociedades o pueblos, vienen la reparación de los males y los daños, rectificaciones y enmiendas. Las grandes catástrofes suscitan reacciones humanas para superar las realidades anteriores y descubrir una vida mejor.

El Ecuador ha llegado a límites extremos de tolerancia social frente a conflictos políticos, abusos de poder, corrupción pública y privada, criminalidad, inseguridad y violencia, que parecerían ser ya parte de lo cotidiano, sin provocar más reacción popular que la indiferencia.

No es posible continuar así. Esta calamidad exige reagrupar a las fuerzas sociales –gobierno, academia, gremios profesionales, laborales, juveniles, partidos políticos, funciones públicas- para deponiendo intereses particulares, con patriotismo, encontrar coincidencias fructíferas entre los habitantes del país que cobija a todos.

El Presidente intenta este reencuentro, pero dos sectores nefastos con alguna ligazón en el territorio, no pueden sumarse a la causa: los políticos que al gobernar se corrompieron y corrompieron todo a su paso, y los criminales del narcotráfico, de masacres carcelarias, de violencia en calles y ciudades. El laudable propósito iría al fracaso, si entre los convocados estuvieran los causantes de la desgracia nacional que golpea al auténtico pueblo, que paga impuestos, que sufre las deslealtades y traiciones de traficantes de sus sueños y esperanzas, enriquecidos con coimas y enloquecidos por ansias de poder.