Foto con historia en la cultura: desde la izquierda Eugenio Moreno Heredia, Jacinto Cordero Espinosa, Antonio Lloret Bastidas, Arturo Cuesta Heredia, José López Rueda y Efraín Jara Idrovo, en los años 50 del siglo pasado. Cordero y Jara son los únicos aún vivos.

Por: Rolando Tello Espinoza

José López Rueda llegó a Cuenca en enero de 1955, de 27 años, invitado por la Universidad como catedrático de la Facultad de Filosofía, creada dos años antes. Él acaba de morir en Madrid el 3 de febrero de 2018, a la edad de 90 años

Su viaje a América fue una hazaña novelesca por el asombro de descubrir un mundo exótico y apacible, en contraste con la España sangrante de su infancia y la dictadura franquista que siguió a la guerra civil. Instalado en la ciudad austral del Ecuador, contrajo matrimonio por poder con Adelina Martínez, la novia que había dejado en Madrid: un hermano le representó en la ceremonia en un templo madrileño, en enero de 1956.

Ella, de 23 años, emprendió de inmediato el viaje al nuevo continente, en un trasatlántico inglés, desde el puerto de Coruña, cruzando el Atlántico por dos semanas, con paradas en las islas Bermudas, La Habana, para pasar el Canal de Panamá y descender por la costa del Pacífico.

José López en tiempos de madurez existencial

Hasta 1964 los esposos López-Martínez vivieron en Cuenca, acoplándose a la tranquilidad entonces bucólica de la ciudad que, poco a poco, la hicieron suya: en noviembre de 1956 nació aquí Germán, el primogénito, y poco después Begoña, su hermana. En los primeros tiempos residieron en el Hotel Crespo y se cambiaron luego al Edificio Maldonado, en las calles Benigno Malo y Córdova. 

Otros maestros hispanos fueron también contratados por la Universidad de Cuenca, empezando por Francisco Álvarez González, a quien el Rector Carlos Cueva le encomendó organizar la naciente Facultad de Filosofía. A Silvino González y Luis Fradejas se sumaron a la colonia española, entre otros, Guillermo Larrazábal, autor de los vitrales de la catedral nueva; Luis Mora Iñigo, quien esculpió la Chola Cuencana y los relieves en la Plaza Matovelle; Salvador Arribas, experto en orfebrería. Compartiría también con el conquense Fausto Culebras, quien esculpió la estatua de Hurtado de Mendoza en España y vino con ella a instalarla al inicio de la Avenida España, de donde fue desalojada hace algunos años para llevarla al polémico sitio de Milchichig.

José López y su familia salieron de Cuenca en 1964, hacia Venezuela, donde él dictó cátedras en la Universidad Simón Bolívar de Caracas y en la Universidad de Oriente. En Cuenca dio a luz las primeras publicaciones, editadas por la Universidad, a las que seguirían luego obras poéticas, novelas, investigaciones históricas, así como la docencia en universidades de Estados Unidos, Europa y en Taiwán. Cuenca le había marcado huellas duraderas para toda la vida y serían motivo de evocaciones de paisajes y personajes que vivieron en su memoria hasta el final de sus días.

El edificio Maldonado, en la esquina de Córdova y Benigno Malo, donde vivió el personaje con su familia en Cuenca.

“Mi década cuencana es una etapa fundamental en la construcción del propio ser que vamos realizando a lo largo de los años y que sólo estará completo cuando llegue el fin”, escribió en octubre de 2010 en una correspondencia con la revista AVANCE, de la que se hizo lector navegando por la web. Un reportaje que comentó con agrado fue sobre José Ortiz Tamariz, uno de sus amigos de Cuenca, de quien preguntó entonces “¿Vive todavía el doctor Pepito?”. Pero el doctor Pepito había muerto poco antes, en junio de 2010, a la edad de 97 años.

“El doctor José Ortiz (Pepito) era de mi edad y buen amigo mío y de Silvino –comentó- . Recuerdo que tenía una buena discoteca de música clásica. Una tarde nos invitó a escuchar una sinfonía de Beethoven, cuando, de pronto, ese celtíbero que es Silvino dijo: Por favor, Pepito, abre la ventana para que se vaya esa música…” . El doctor Ortiz era mayor con 15 años a López Rueda, pero  su aspecto físico le aventajaba y por eso le creía de su misma edad.

La relación con el Director de AVANCE, Rolando Tello, se mantuvo varios años, en los tiempos ya ancianos del personaje, que gustaba recordar a los amigos y alumnos de la lejana Cuenca, entre ellos a Alejandro Serrano Aguilar, “mi alumno más destacado”,  y a Efraín Jara Idrovo, de quien al ver su foto en la revista comentó: “me gustó la foto de Efraín con todo el pelo blanco”. Y gracias a la revista volvió a conectarse con ellos e intercambió publicaciones y comentarios.

Mail enviado en 2010 por el personaje a la revista AVANCE

También envió varios relatos sobre temas vinculados con la gente, las costumbres, tradiciones y rasgos culturales de Cuenca, que los publicó este medio de comunicación. Él es autor de numerosos libros a los cuales la crítica literaria de España y de Europa destaca como aportes de singular valor dentro de la literatura española del siglo XX.

Germán, el primogénito, dejó Cuenca de ocho años y volvió por unos días en 2014, para conocer la ciudad americana donde había nacido y caminar por los sitios del brumoso recuerdo infantil, como el parque Calderón, donde dio los primeros pasos, o la escuela Luis Cordero, con su Director Carlos Flores, y el maestro de primer grado Hugo Cobos Carchi, alumno universitario de su padre. 

De vuelta a Madrid, Germán escribió un vívido reportaje sobre la ciudad donde había nacido, con evocaciones impregnadas de encontrados sentimientos. Su maestro primario, Hugo Cobos, comentando el reportaje aparecido en la revista, decía: “Me ha hecho ver cosas de Cuenca que no había visto antes. Y por supuesto, el recuerdo inmensamente grato de mi maestro José López Rueda con su Historia Antigua o con el Griego que entonces no tenía claro para qué servía… De Germán López, hijo, tengo presente su espíritu cordial y juguetón y pensar que ahora es un profesional y padre de familia poseedor de una excelente capacidad para expresar su sentimiento frente a su ciudad natal. Estoy feliz de haber sido su maestro de primeras letras”.

Los españoles Salvador Arribas, Manuel Mora Iñigo, José López Rueda y Guillermo Larrazábal, en un paseo rural por las cercanías de Cuenca.
Segundo desde la izquierda, López Rueda; el tercero es Rigoberto Cordero y León y el cuarto Luis Fradejas.

Más de seis décadas han pasado desde que López Rueda viniera a Cuenca. El tiempo ha echado sombras de ingrato olvido sobre el personaje y en la Universidad de la que un tiempo fuera parte nadie le ha recordado por su fallecimiento. Bien vale que la revista Avance, a través de la cual él ató y desató recuerdos de su paso por Cuenca, deje en este espacio un homenaje de afectuosa justicia a su memoria
En la producción poética de José López Rueda está el asombro del intelectual europeo ante el prodigio deslumbrante de la tierra americana y particularmente del paisaje con la gente, los ríos y el entorno rural de Cuenca. He aquí una muestra:

“Doradamente, bajo el mediodía, / extensos campos de maíz destellan / y paciendo invisible entre los tallos, / el viento mansamente rumorea. / De colores vivísimos vestidas, / las indias van y vienen por las sendas; / las pitas erizadas en los setos / sus largas y pulidas uñas muestran. / Bajo el sol implacable de las doce, / el mundo es una lumbre gigantesca / y por los cuatro puntos cardinales / altos montes en círculo llamean: / Las mariposas vuelan encendidas, / arden las margaritas en la yerba, / las piedras arden, arden las cabañas, / las truchas en los ríos, las palmeras, / los cuernos de los toros y hasta el mismo / silencio campesino que se quiebra / con el múltiple canto de las aves / arde también como una inmensa hoguera. / El telúrico incendio se propaga / por el mapa total de mis arterias…”