El régimen de Maduro no es democrático. Sus esguinces respecto a los comicios anticipados no esconden el profundo carácter antidemocrático de un proceso destinado a reelegirlo, por sobre la grave crisis del pueblo de Venezuela con sus secuelas de falta de alimentos, medicinas y una serie de carencias 

Síntomas de debilidad ofrece el Gobierno del Presidente Moreno, cuando por ejemplo la señora Ministra de Relaciones Exteriores y la Vicepresidenta de la República ofrecen sus respectivas vocerías en torno al complejo y espinoso problema del régimen venezolano de Nicolás Maduro, condenado por más de una decenas de estados latinoamericanos, y avisado de que no asista a una cita hemisférica en la capital peruana. Lo mínimo que se podía esperar es que haya sido el Mandatario en persona quien exprese la posición del gobierno del Ecuador sobre el caso, y no dejar que la Canciller primero y luego la Vicepresidenta den su opinión, se supone que oficial, al respecto.

Otros ejemplos de debilidad se suscitan a diario, cuando el país en esta coyuntura post correísta por la que atraviesa, espera una guía firme y explícita al respecto. El Presidente Moreno se ganó el aplauso y el apoyo de buena parte de los connacionales cuando resolvió, en una actitud que le honra, desprenderse del dogal del Mandatario anterior, y eligió un camino democrático, tildado por supuesto de “traición a los principios” por los corifeos del Correísmo, y luego convocó a la consulta popular para permitir una transición dentro de la Constitución hacia un régimen no secuestrado por los tentáculos legales del Correato. Sin embargo de ello, existe una indefinición en varios aspectos del régimen, como si no quisiera desprenderse del todo de aquellas rémoras, evidentemente identificadas con la política exterior y algunos aspectos de la interior, del gobierno pasado, en especial dentro del caso de Venezuela.

El régimen de Maduro no es democrático, aunque haya surgido de la expresión popular en las urnas, sus esguinces respecto a los comicios anticipados en ese país no esconden el profundo carácter antidemocrático de un proceso destinado de antemano a reelegirlo, por sobre la grave crisis que sufre el pueblo de Venezuela con sus secuelas de falta de alimentos, medicinas, y una serie de carencias adicionales, que los incondicionales del Madurismo achacan en un libreto monótono al complot imperialista. Nadie puede negar el interés del gobierno norteamericano por el fin del régimen de Maduro, bajo el pretexto usual de defender la democracia. Pero esta situación no exculpa, ni mucho menos, la crisis de un gobierno que hace tiempo dejó de representar los intereses de las mayorías venezolanas, hoy en estampida hacia otros territorios, sofocada por un estado de cosas sin perspectivas. Bajo la consigna del antiimperialismo, correcta por supuesto, no se puede contrabandear regímenes autoritarios que se han deslizado por el camino de la negación de elementales derechos. Esa diferencia, por desgracia, parece no percibirse en el Gobierno, débil y complaciente con ciertos rezagos dogmáticos del Correísmo.