Se dio la masiva emigración: se han ido ya cerca de cuatro millones de personas... La cuarta economía latinoamericana se quedó en soletas. El 82 por ciento de los venezolanos vive en la pobreza. ¿Un descenso al nivel haitiano? ¡Claro! Si Maduro y sus secuaces se marcharan mañana mismo, la reconstrucción del país podría hacerse en veinte años

Año 2013. Un grupo de turistas en el Canal de Panamá. Hablaba una señora venezolana de mediana edad: No estamos tan mal... Adentro, en nuestro país, no hay tanta alarma./ Pregunta nuestra: ¿No les estará pasando lo del sapo en el agua tibia? ... / No hace falta señalar que, poco tiempo después, el agua de la olla caribeña empezó a hervir. Bueno, entremos en el tema con unos recuerdos. 

La Venezuela de los años sesenta era un país próspero. Cierto número de ecuatorianos emigraban allá: médicos, ingenieros, profesores, pequeños empresarios, albañiles, peones del campo...(Como siempre, recibieron lo suyo y contribuyeron con lo suyo.) Ido el dictador Pérez Jiménez, la democracia pareció arraigar y crecer. Las publicaciones que nos llegaban -- por ejemplo, la REVISTA NACIONAL DE CULTURA -- tenían bastante calidad. Se había construido una infraestructura moderna. (Incluidas -- para la época -- las sorprendentes autopistas, con tréboles y pasos a desnivel.)          

Se reparó --  con bastante eficacia y rapidez -- los daños causados, en Caracas, por un severo terremoto. El bolívar era una moneda fuerte... Además,--otra muestra de lo mismo; molesta para nosotros, los latinoamericanos -- Venezuela exigía, a sus vecinos, una visa para entrar como turistas. Y se decía -- lo oímos varias veces -- que los empleados de la inmigración eran prepotentes y descorteses. (Había que cerrarle las puertas a la oleada de pobretones...) Detalle curioso. El mal gusto de los venezolanos era ya un estereotipo difundido: flores de plástico, mesas espejadas, cisnes de yeso en los jardines... Más tarde, vinieron los culebrones televisivos. (Con algunos de ellos, se hizo famoso el Puma Rodríguez.) Y, a la par, funcionaba la inefable “fábrica de reinas”, de Osmel Sousa; con sus récores mundiales: cuarenta coronas de belleza, en 37 años. Y el lujo y el dispendio: la desarreglada vida del nuevo rico.

Alguien nos contó, cierta vez, que el señor Estévez había cambiado de auto. Se compró uno, estadounidense, caro y grandote. Y no tuvo mejor ocurrencia que llevar su Volkswagen usado al borde de un precipicio; y, desde allí, miró como éste rodaba hacia el mar... Venezuela -- se decía -- era, después de Inglaterra, el mayor consumidor de whisky del mundo. (Buenos farristas y bebedores, despreciaban sus rones de calidad -- por ser dulces y empalagosos -- y apreciaban, en cambio, la sequedad y la generosidad del scotch.

En la Navidad, decenas de aviones traían arbolitos de pino desde Miami. Los supermercados estaban llenos de mercadería importada. (Observación de un extranjero: Había que ser trilingüe, para comprar bien en ellos.) Cualquiera podía viajar a los Estados Unidos y a Europa. Todo lo dicho, formó la llamada Venezuela “saudita”. Una cifra: Se calcula que el país recibió, en dólares, el equivalente de unos diez planes Marshall. ¿Se había “sembrado” el petróleo? No, señor. No; si tal desmañada metáfora significaba invertir, bien y cuerdamente, en salud, educación y obras públicas; es decir, en una palabra, en el desarrollo. La yapa: irresponsabilidad,       ineficacia y corrupción generalizadas; menos, por ahí, alguna rareza. 

Y, de este modo, comenzó la gran crisis. ¡Se jodió Venezuela! La ristra de males: golpe chavista del 92, el Caracazo del 99, Chávez presidente, Socialismo del siglo XXI... ¿Será preciso describir el terrible escenario de hoy? ¡Para qué! Baste con recordar que se pasó del populismo al esperpento y, luego, a la dictadura brutal. Resultado último: la cuasi destrucción del país.  

Y, ahora, examinemos unas pocas muestras de tan triste realidad. ¿Hubo una revolución? ¡Qué revolución!¡Involución! La utopía regresiva... Venezuela repitió -- con harta necedad           -- el proceso cubano. Envió su clase dirigente al exterior. Y, de este modo, les regaló –a los Estados Unidos, a España y a sus vecinos -- talento y capitales. Y, luego, se dio la masiva emigración: se han ido ya cerca de cuatro millones de personas... La cuarta economía          latinoamericana se quedó en soletas. Hoy día, el 82 por ciento de los venezolanos vive en la pobreza. ¿Un descenso al nivel haitiano? ¡Claro! Si Maduro y sus secuaces se marcharan mañana mismo, la reconstrucción del país podría hacerse -- se calcula -- en unos buenos veinte años. Y, desde luego, Venezuela ya no volverá a ser lo que fue. Y, aquí, la anécdota reveladora. La ingenuidad económica de los populistas es asombrosa e increíble. 

Ibsen Martínez cita a Chávez: El mundo está sediento de petróleo. Vender petróleo es tan fácil como vender cerveza helada en el exterior de una cancha de beisbol en Maracaibo... / ¡Vaya! El petróleo brota del suelo y se vende al conjuro de las palabras y los deseos del caudillo. No se necesita ingenieros para sacarlo, químicos para refinarlo y expertos en mercadeo para venderlo.../ Y, por ser así el coronel, así le fue. Moraleja: La Economía es una ciencia complicada y sutil. Los dogmas y el realismo mágico nunca podrán comprenderla.               
A otro lado. Más allá de lo material, el Chavismo dañó mucho la ejemplaridad histórica de Venezuela: Miranda, Bolívar, Sucre, Bello, Rodríguez... Ya sabíamos, ciertamente, que el mito bolivariano era una exageración. Pero, en todo caso, Bolívar es Bolívar: la Independencia, la integración regional, el panamericanismo; la aspiración a lo grande y lo excelente. Y no había ninguna necesidad de insistir y remachar en ello.(Alabanzas propias, vituperios propios.) ¡Eso de la República Bolivariana de Venezuela! ¿Bolivariana significa aquí socialista? ¿Por qué razón? ¿Acaso no era Bolívar un liberal ilustrado? ¿Entonces...? Pura insensatez. Venezuela era bolivariana auténtica cuando no se llamaba a sí misma        bolivariana. Ni siquiera se respetó la propiedad lógica y lingüística. La República de Bolívar -- como el cura potoseño Manuel Martín Cruz lo señaló-- debía llamarse Bolivia.          

Bolivariano significa, simplemente, partidario, admirador o imitador de Bolívar. Las cosas en su punto. ¿Y la geopolítica? Bueno, ésta puede producir grandes catástrofes: la España de la Guerra Civil, Polonia, Cuba; Chile y Argentina, en algún momento...Hoy día, le tocó el turno a Venezuela. Y,-- gracias a la inutilidad actual de organismos internacionales como la OEA y la ONU y a gestiones dudosas como la de Rodríguez Zapatero -- la dictadura de Maduro luce imponente, amenazante y durable. (Cuando, hace unos meses, ya parecía caerse...) Rusia y China -- por control remoto y directo -- la han vuelto tan fuerte y oronda como el mismísimo dictador... Para mal y castigo de un pueblo descarriado y de nuestra vacilante democracia latinoamericana.