La sanción al alcalde de Cristian Zamora motiva diversos análisis, según la filiación política o los afectos y desafectos al personaje. Hay que abordarla sin contagios negativos, convirtiéndola en lección de armonía, prudencia, tolerancia y buen decir, en la relación de la autoridad con la colectividad. El poder conferido democráticamente a quien ejerce cualquier forma de gobierno se ha de valorar en atribuciones y responsabilidades enmarcadas en el respeto a la ley, al pensamiento ajeno y al bienestar colectivo.

La Municipalidad es gobierno de cercanía con la comunidad. Cuenca, tradicionalmente, ha tenido en su conducción a personeros conscientes de esta vinculación intrínseca, para emprender obras con esfuerzos e iniciativas propias, o afrontar situaciones críticas como las contingencias del centralismo, y mantenerla entre las ciudades ecuatorianas mejor provistas de servicios, desarrollo cultural, de las artes, con seguridad, paz y respeto a los paisajes de su privilegiada naturaleza.

La autoridad no puede rebasar esos contornos sin riesgo de desplomarse, como ha ocurrido, por no sintonizar con el conglomerado de hombres y mujeres que vigilan el cumplimiento de sus propuestas en el marco legal y moral que a todos obliga. La dama que lo sustituye ha empezado con firmeza, prudencia y sensatez su gestión, hay que reconocerlo, consciente de la urgencia de salir de los vericuetos por los que fue conducida la ciudad en años recientes: hacer obra es deber municipal, pero también cautelar la convivencia digna, solidaria, cordial, entre vecinos y sus autoridades de cercanía.

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