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… pongamos más uso de razón en los acentos escritos. Como están hoy, con perdón de los señores puristas, no tienen ninguna lógica.
Gabriel García Márquez, 1994, Zacatecas, México. Primer Congreso Internacional de la Lengua Española.

Los simples escribientes, -- notarios, periodistas, abogados, asesores, secretarios – somos quienes, diariamente, estamos lidiando con las esquivas y ariscas reglas. Y, por lo tanto, tenemos, al menos, un pequeño y tácito derecho: el que nos
acuerda el oficio       
                                                    

García Márquez – no cabe duda – sabía llamar la atención. Aunque, para ello, debiera apelar a ciertos trucos o a unas rotundas exageraciones.  Y eso de la ortografía – muy oportuno y provocador -- impactó de inmediato; y se volvió memorable. Tanto que, un cuarto de siglo después, el asunto reaparece por aquí y por allá. Pregunta pertinente: ¿Tuvo su crítica algunos resultados efectivos?  Parece que no… Pero sí sabemos que hay quienes trabajaron, y trabajan, en la cuestión.  Y, cabría esperar, que, por lo menos, algunas propuestas se vayan concretando en el futuro cercano. Nosotros hicimos algo también. (Y el grano de arena, que debíamos, lo pusimos, en un artículo publicado hace unos cuantos años.).

Bueno… Antes de proceder a las notas ofrecidas, señalemos un detalle clave de este tema: El español es un idioma que cumple, bastante bien, lo que manda el principio fonético. (Una letra para cada sonido y un sonido para cada letra.) El inglés, en cambio, ignora, en buena medida, tal principio. (Y, por eso, la broma de que los británicos escriben Shakespeare – léase este apellido como si fuera español -- y pronuncian Schopenhauer.

¿Hay normas que se debe mantener?  Sí, señor; varias. Empecemos con el detalle de las bes: La b de burro y la v de vaca; de nuestros antiguos años escolares. Hubo, en efecto, un tiempo – en el desarrollo de la lengua – en el cual sí se pronunció una be dentilabial (v pequeña, baja, uve). Pero, hoy día, las dos se pronuncian de la misma forma. ¿Entonces, berrinche y verraquera – que, por otra parte, significan más o menos lo mismo – podrían escribirse con la misma b?  Claro… Mas, en estos casos, la tradición, o el azar, ya hicieron lo suyo. Hecho consumado… Dejémoslo como está. Y sólo añadamos que, tal vez, sea bueno que vasca y basca se diferencien, claramente y de inmediato, en la hoja de papel; gracias a las dos bes… Otra. ¿Ce, zeta y ese; todas como ese?  ¡No…! Dejemos la dificultad ortográfica para los latinoamericanos… Y la posibilidad de equivocarse -- hablar con faltas de ortografía -- para los castellanos y otros dos o tres grupos de platicantes peninsulares…

Tercera.  Pese al creador de Macondo, las haches nunca fueron rupestres. (La verdad: Supo él escabullirse, sin precisar, cuando se le reprochó la enorme exageración… Al contrario, – aunque sean viejas – tienen, y justo por serlo, la noble pátina romana de homo o humus. ¿Qué tal si escribiéramos ombre, en vez de hombre?)  ¿Y esa hache -- que marca, tan bien, el hiato – de barahúnda o bahía?  Sáquele usted las haches a estas dos palabras; y mire cómo quedan… Las haches, pues, no son inútiles; tienen una verdadera función gráfica; y, hasta, muestran el refuerzo sonoro de algunas interjecciones: ¡Eh, tío, …!  

Cuarta. ¿No le parece ridículo escribir General o gerente con jota?  Ergo: Perdonémosle la conocida extravagancia al bueno de Don Juan Ramón Jiménez; y sigamos…  Al oído del ilustre narrador de Aracataca, esta observación:  ¿Sabe usted que la g y la j nunca estuvieron en guerra?  Y, por lo tanto, ¿para qué hablar del tratado de paz…?  Quinta.  La q y la k no deben unificarse.  ¿Kito, en vez de Quito?  No, por favor… Sexta. La propuesta de Edwin Hidalgo, que trae EL TELÉGRAFO, de Guayaquil – literalizar el sonido ñ, al estilo italiano o portugués: gn /nh – es, francamente, estrafalaria. La ñ es, de hecho, el símbolo de nuestro idioma. Que se escriban, entonces, por siempre, España, cañada y piñón; y que los acompañe, en ese largo tiempo, nuestro familiar y mestizo ñaño…  (Imaginen ustedes: gnagno.… ¿Quería, en verdad, Hidalgo, que escribiéramos así, ¡así de feísimo!, este nombre?)

Lo de los acentos es muy distinto. Sí habría que cambiar. Y, aquí, hablemos, más bien, de tildes. (Porque, como se sabe, acento – una sílaba más sonora -- tienen todas las palabras.) Bien…  Es posible reducir toda la normativa pertinente a dos reglas bastante sencillas.

(1) Los monosílabos y las palabras graves no llevan tilde. Única excepción: la tilde que destruye un diptongo. (Ahóra, carestía.)

(2)  Todas las demás palabras – agudas, esdrújulas y sobreesdrújulas – llevan tilde. Sin excepción. / Comentarios al respecto.

(a) Un aproximado ochenta por ciento de las palabras del español no llevarán tilde.

(b) Habrá una cantidad mayor de agudas con tilde: caracól, revolvér, codorníz… Lo cual—por otra parte – es una mejora del principio fonético.

(c) Habrá una sola clase de palabras graves. (No dos: tildadas y sin tildar.) Nota inserta: Los adverbios en mente se tildarán como hasta hoy, -- pero, atención -- ya con los dichos cambios adicionales: lógicamente, facilmente, leálmente…  

(d) Los cambios de la tilde son sencillos de aplicar; pero, a la vez, son significativos y trascendentes.

Por lo tanto, habrá que señalar un período de transición, antes de la plena vigencia de las reglas; digamos unos cinco años. Ayudaría, sin embargo, que los medios de comunicación – que suelen ser competentes, profesionales e influyentes – comenzaran a aplicarlos de inmediato.  Así, irían difundiendo la novedad y facilitando la reforma.

García Márquez tenía mucha razón en un punto. Éste. Los académicos y los lingüistas hacen, y ponen en vigor, la normativa ortográfica. Pero nosotros, los simples escribientes, -- notarios, periodistas, abogados, asesores, secretarios – somos quienes, diariamente, estamos lidiando con las esquivas y ariscas reglas. Y, por lo tanto, tenemos, – para opinar y recomendar – al menos, un pequeño y tácito derecho: el que nos acuerda el oficio.

Lo que hay que precisar. Limitémonos, en esto, por hoy, al asunto de las mayúsculas. El que, en apariencia, parece fácil; pero, de hecho, no lo es. Un ejemplo. Si estamos viajando de Cuenca a Guayaquil, podemos decir que vamos a la Costa (una región). Pero, si estamos viajando de Guayaquil a Salinas, vamos a la costa (el litoral, las playas). Otro. La Luna – nuestro satélite -- ya estaba alta en el cielo. Había una hermosa luz de luna (de luna = lunar). Ergo: Hay que distinguir, cuidadosamente, cuando la expresión es nombre propio, o cumple una función parecida; y cuando, no. Y, para tal labor, las normas, de los manuales, son muchas. Facilitémosla con unas pocas instrucciones; apliquemos un protocolo, como se dice hoy. Helas aquí.

(1) Hay casos dudosos: los días de la semana, los meses y las estaciones del año, los puntos cardinales… Nosotros preferimos escribir, todos estos, con mayúscula. Pero, aquí, las minúsculas no podrían considerarse incorrectas. En consecuencia, que haya libertad para elegir.

(2) Por tradición, ciertos cargos altos se escriben con mayúscula: Rey, Papa, Presidente, Ministro, General… Lo recomendable sería mantener, con los tales, una lista corta; entonces, mejor, escribamos rectora y capitán con minúsculas. (Salvo en el caso, restringido y formal, de las nominaciones de cartas, documentos, etc.:  Señora, Doctora, Doña Natalia Ortiz Balseca…)  

(3) No usemos las mayúsculas para dar, supuestamente, “dignidad” a algunas instituciones: Gobierno, Municipio, Universidad, Asamblea…; cuando son sustantivos comunes, quedémonos con las minúsculas. Ejem.: Ya es hora de que intervenga el gobierno.

Y, finalmente, García Márquez tenía mucha razón en un punto. Éste. Los académicos y los lingüistas hacen, y ponen en vigor, la normativa ortográfica. Pero nosotros, los simples escribientes, -- notarios, periodistas, abogados, asesores, secretarios – somos quienes, diariamente, estamos lidiando con las esquivas y ariscas reglas. Y, por lo tanto, tenemos, – para opinar y recomendar – al menos, un pequeño y tácito derecho: el que nos acuerda el oficio.