Un personaje dijo: “Escúchenme bien, ah. El Presidente de la República es jefe de todo el Estado ecuatoriano. Y el Estado ecuatoriano es poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial” (se olvidó de la Iglesia). Vale recordar, a propósito de los luises de Francia, que quien se declaró jefe de todo, deberá asumir también la responsabilidad de todo

Hubo alguien que afirmó: “El Estado soy yo”. Parece que la frase fue escuchada en el Parlamento francés hace 364 años. Se la atribuye al rey Luis XIV. Fue una categórica definición del absolutismo monárquico que permaneció vigente en Francia hasta finales del siglo XVIII.  La autoridad suprema legislaba, dirigía la administración y resolvía sobre la suerte del prójimo. Sin procesos judiciales, los presuntos opositores se hacinaban en las prisiones. En contraste, la existencia palaciega transcurría en medio del boato, fiestas galantes, cortesanos y favoritas que disfrutaban de la vida a expensas del empobrecimiento de la sociedad. Se rendía culto al rey bajo la convicción, bendecida por la Iglesia, del origen divino del poder, y los cortesanos se disputaban el privilegio de atender al soberano puesto que mientras más íntimo y servil era el oficio se ganaban influencias.  

Es verdad que Luis XIV patrocinó el florecimiento de las letras y de las artes; construyó obras suntuarias, palacios, caminos, jardines; modernizó el ejército y la marina. París resplandecía. No sin razón se lo llama el Rey Sol. Sin embargo, tras setenta y más años de vida fastuosa y disoluta, el monarca dejó al morir (1715) un pueblo sumido en el desconcierto y la miseria. Si bien cuando pronunció tan arrogante admonición ante el Parlamento era apenas un adolescente de 17 años, la corta edad no es motivo suficiente para exculparlo.

Hubo otro personaje que advirtió: “Después de mí, el diluvio”.

Fue Luis XV, bisnieto y sucesor de Luis XIV, quien pronunció esta frase terrible que definía su reinado, sin que le importara la suerte que, después de él, corriera la nación. Reinó con igual pompa y dispendio a lo largo de 51 años. Pero antes de su ascensión, hubo un período de regencia caracterizado por una economía deplorable; se afirma que el solo derroche palaciego había generado una deuda impagable de miles de millones de francos. A fin de paliar la crisis, la regencia ideó, entre otros arbitrios oprobiosos, un sistema bancario que terminó por emitir billetes sin respaldo. Muchas gentes se arruinaron, pero el sistema fue eficaz para financiar el esplendor de la nobleza, en tanto la peste y la miseria cobraban miles de víctimas.

En este escenario entró en acción el nuevo rey en 1723. Consolidó el absolutismo, con el beneplácito de la Iglesia. Disposiciones opresivas e incremento de impuestos lograron, veinte años después, reflotar la economía. Pero ningún recurso bastaba para cubrir el dispendio imperial. Entregado a los placeres, puso en manos de sus amantes la conducción de los intereses nacionales. Al morir el rey (1774), se vio Francia otra vez al borde de la quiebra y el consiguiente repudio general.

Hubo un tercer personaje que exclamó: “Pueblo, muero inocente.”

Según su verdugo, fueron las últimas palabras escuchadas al ciudadano Luis (poco antes Luis XVI, nieto de Luis XV) la mañana del 21 de enero de 1793, cuando la cuchilla pendía sobre su cabeza. Tenía 39 años de edad. Tal vez no le faltaba la razón en cuanto a la inocencia: su carácter pusilánime le había llevado a dejar en manos de María Antonieta los asuntos de economía y de gobierno. Entonces, era hora de expiar culpas propias y ajenas. Los ominosos efectos de este y de los anteriores reinados habían colmado la paciencia ciudadana. Oleadas de gentes se tomaron la Bastilla y el palacio de Versalles; los campesinos destruían iglesias, castillos y conventos. Esa mañana de enero, las turbas comprobaron que la sangre del ex monarca no era azul, sino tan roja como la de los condenados que lo habían precedido en el patíbulo, y saludaron alborozadas el advenimiento de la libertad y de los beneficios que prometía la República.    

Hubo un cuarto personaje que declaró: “Escúchenme bien, ah. El Presidente de la República es jefe de todo el Estado ecuatoriano. Y el Estado ecuatoriano es poder ejecutivo, poder legislativo, poder judicial” (evidentemente, se olvidó de la Iglesia). ¿Qué se ganó con aquel novedoso sistema poco republicano? Vendrán las respuestas con el viento de la historia. Mientras tanto, vale la pena recordar, a propósito de los luises de Francia, que quien se declaró jefe de todo, tarde o temprano deberá asumir también la responsabilidad de todo.