Marco Aurelio tenía cuarenta años cuando ascendió al trono imperial de Roma y reinó hasta morir, en el año 180. Dejó el testimonio de su aventura en “Meditaciones”, obra escrita a la luz de las antorchas, a la hora en que se acogía al silencio la Roma milenaria. Sus páginas aún pueden proporcionar orientación a los aspirantes al poder.
Sin descuidar sus obligaciones imperiales, decide emprender una aventura que le tomará el resto de los sesenta años de vida; un viaje en busca de sí mismo. No quiere ser “solo un alma que lleva un cadáver a cuestas”, y debe hacerlo en el fragmento de eternidad, fugaz, irrepetible, que la divinidad concede a los mortales; es decir, en el presente, lo único que verdaderamente existe, idea dos siglos anterior a Agutín de Hipona y casi dos milenios anterior al existencialismo.
Emperadores y filósofos que ayer fueron aclamados, ahora son polvo, como toda especie animada alguna vez por un soplo de vida. La tierra es apenas un punto en la vastedad del universo -piensa-; dentro de ella, aplausos, elogios, popularidad, son nada. Empero, si la inteligencia es un bien compartido, sin distinción de razas, podríamos constituir una comunidad universal gobernada por la razón.
Honra a los antepasados, a los maestros. Les agradece el haberlo conducido por la senda del bien, enseñándole a ser lo que realmente es: un ser humano libre, dedicado a servir a los demás. Sabe que está integrado por tres partes: cuerpo, hálito vital y mente, de las cuales solo la tercera le pertenece como suya, pues la mente se encarga de dirigir el rumbo.
Alejado de lo retórico y lo trivial, nunca agradece por los bienes materiales recibidos. Da gracias al padre adoptivo porque de él aprendió la gentileza, la firmeza en las decisiones. Él le llevó a desdeñar las vanaglorias, a obrar con justicia, a reconocer el mérito ajeno. Él lo había despojado de toda vanidad, mostrándole innecesarios guardaespaldas, uniformes, pompas, ya que es posible vivir en la corte como un simple mortal, sin perder la dignidad.
Agradece a la madre porque de ella heredó la devoción, la generosidad, la simplicidad en el vivir, ajeno a los hábitos rutinarios de los acaudalados. En cambio, el caráctr afable y el temperamento apacible es herencia del abuelo. La educación recibida de sabios maestros en casa, no en escuelas púbicas, es una deuda contraída con el bisabuelo.
En fin, da gracias al tutor por la recomendación de no tomar partido en bando político alguno, de soportar el dolor y de valerse por sí mismo.
Y recuerda a sus maestros. Corregir el carácter, evitar el estilo grandilocuente, el lenguaje pretencioso; no asumir la imagen de asceta o de filántropo; leer para no contentarse con las propias ideas, son enseñanzas de Rústico. Le inclinó Apolonio a cultivar la libertad de espíritu, a ignorar el destino y a sostener la perspectiva de la razón. El buen ánimo, el vivir conforme a la razón natural, la paciencia con los ignorantes, pero el trato agradable con todos, fueron formas de conducta aconsejadas por Sexto. No desaprovechar la crítica del amigo, aunque parezca poco razonable, fue sabia recomendación de Catulo. El dominio de sí mismo, en toda circunstancia; la energía para desempeñar las obligaciones, la generosidad, la facultad de perdonar, le fueron transmitidas por el ejemplo de Máximo.
Desde su mundo interior, le parece necio el desvarío de quienes, al carecer de un objetivo, se muestran hastiados de la vida: todos nacimos para cumplir un propósito. Aconseja no ocuparse de las vidas ajenas, salvo si se trata de un asunto inherente al bien común. Así como la belleza de las cosas (el marfil, una flor, una esmeralda, una obra de arte) es inherente a ellas, tampoco la bondad, la integridad, la verdad son virtudes que requieran de alabanza para ser tales. Quien ha hecho un favor -dice- debe ser como la vid, que da uvas sin esperar recompensa.
Llamábase aquel extraordinario personaje Marcus Annius Verus, universalmente conocido como Marco Aurelio. Nacido en el año 121 de nuestra era, tenía cuarenta años de edad cuando ascendió al trono imperial de Roma y reinó hasta morir, en el año 180. Dejó el testimonio de su aventura en “Meditaciones”, obra escrita a la luz de las antorchas, a la hora en que se acogía al silencio la Roma milenaria. Para bien de la humanidad, sus páginas aún pueden proporcionar orientación a todos los aspirantes al poder.