El desfile mexicano del Día de Muertos es una celebración cuyo origen surgió de una versión cinematográfica: multitudes disfrazadas, esqueletos gigantes, flores, carrozas, recorren por las calles de la capital mexicana ante los aplausos y la admiración de sus habitantes y de miles de turistas de todo el mundo.

Cada año, la Ciudad de México es la anfitriona del hoy famoso desfile del Día de Muertos, pero resulta que el desfile no existía sino hasta hace poco. Me explico: aunque las celebraciones tienen raíces profundamente mexicanas —ligadas al sincretismo de tradiciones indígenas, españolas y católicas—, el desfile en la capital como lo conocemos hoy no tiene tantos años. De hecho, fue a partir de la película Spectre (2015) del espía británico James Bond que se aplicó la idea de instaurar un desfile público de tal magnitud en la Ciudad de México. En la mencionada película, hay una escena en el Centro Histórico de la capital mexicana —incluyendo el Zócalo— con un desfile ficticio de Día de Muertos: multitudes disfrazadas, esqueletos gigantes, flores, carrozas. Tras el impacto visual de esa escena, la autoridad municipal, en un acto estratégico que dice mucho sobre la gestión pública, decidió replicar la idea: el primer gran desfile oficial tuvo lugar en 2016.

El éxito fue rotundo, pues el desfile no solamente llama la atención de los ciudadanos capitalinos, sino que es un atractivo turístico mayor dentro del marco del Día de Muertos que, por cierto, comienza a celebrarse en México ya desde principios de octubre. En datos numéricos, el desfile atrae más de un millón de espectadores.

Así pues, el 2 de noviembre de cada año, la ciudad de México viste sus calles de blanco, naranja, morado y negro para celebrar el Día de Muertos, y una de las expresiones más vistosas de esta conmemoración es sin duda el gran desfile en cuestión. El desfile recorre el Paseo Reforma, partiendo del Bosque de Chapultepec hasta culminar en el Zócalo capitalino. Más allá de las ofrendas y los altares que forman parte de la tradición ancestral, este desfile ha añadido un carácter festivo, visualmente impactante y lleno de elementos artísticos: carrozas,
marionetas gigantes, danzantes ataviados con maquillaje de calavera, danzas tradicionales, alebrijes, la catrina, música, flores de cempasúchil.

Por un lado, el desfile suma valor turístico a la Ciudad de México y visibiliza la riqueza cultural del Día de Muertos a nivel global. De hecho, si lo veo desde el punto de vista de mi especialización en Administración Pública, diría que la decisión tomada por el Alcalde es un típico ejemplo de iniciativa basada en un hecho externo. El hecho externo es impacto causado por la película en el público, y la iniciativa es la decisión de volver realidad algo que no existía y en el momento oportuno; un acto perfecto que beneficia a la ciudad.

Más allá de esa acción estratégica bien tomada, el desfile no siempre es bien visto por todos; se habla de la tensión entre la tradición ancestral —la preparación de altares, la visita a los panteones, la memoria de los difuntos— y la dimensión de espectáculo masivo que adquiere el desfile urbano. Muchos críticos, de hecho, lo consideran una “americanización” o “mercantilización” de una costumbre profundamente íntima y comunitaria, rechazando la decisión tomada por la autoridad municipal.

Habiendo estado presente en este desfile, puedo dar cuenta de que es un espectáculo visual y emotivo: por un lado está lo visual con las miles de flores de cempasúchil, calaveras, catrinas gigantes y carrozas temáticas. A ello se añade la presencia de comunidades de ciudadanos disfrazados para representar la muerte, y se congregan no solo capitalinos sino gente de otras ciudades y pueblos e incluso extranjeros residentes en México. Por otro lado, está la parte emotiva: las leyendas sobre la muerte y la música causan un impacto emocional en el espectador, pues nos recuerdan a los seres queridos que hemos perdido y a la vez a nosotros mismos, que también moriremos inevitablemente en un momento dado.

En pocas palabras, el desfile del Día de Muertos en la Ciudad de México representa una fusión entre tradición y espectáculo moderno. Una idea cinematográfica se transformó en una celebración pública que ya forma parte del calendario capitalino mexicano anual. Creo que la esencia del Día de Muertos en México —la memoria de los seres queridos, los altares, el homenaje a la muerte— sigue presente y se expande. Entre muchas, una frase que adornaba una de las carrozas se me ha quedado grabada: “En este mundo matraca, de morir nadie se escapa”.

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