José María Velasco Ibarra (1893-1979) cinco veces fue presidente del Ecuador. Fogoso orador, desde los balcones cautivó a las masas con discursos fantásticos y demagógicos, blandiendo el índice con fuerza dramática hipnotizante. Vivió con austera honradez y murió pobre
De 1934 a 1972 su presencia política influyó en forma creciente en la vida del país. En 1934 ganó la presidencia con 51.284 votos sobre 10.895 de Carlos Zambrano, pero fue derrocado un año después; en 1944 asumió por aclamación, al ser destituido Arroyo del Río, pero apenas gobernó un año; en 1952 obtuvo 159.934 votos y su rival Ruperto Alarcón 118.165; en 1960 tuvo 375.377 votos y Galo Plaza 175.600; en 1968 llegó a 280.316 votos y su rival Andrés F. Córdova 264.266.
Tuvo exilios en Colombia, Chile, Venezuela y Argentina, país este último de origen de su segunda esposa, Corina Parral, su segunda patria. Cuando en 1978 se venía el retorno democrático, el velasquismo buscó su candidatura. “Ya tengo 84 años -respondió-, tengo un riñón menos, mi memoria y mi imaginación retentiva están fallando. Mi edad me obliga a proceder austeramente, renunciando a la fatua vanidad”.
Entonces vivía en Buenos Aires, donde su esposa falleció atropellada al resbalarse de un bus público al que intentaba subir, el 8 de febrero de 1979. El golpe de perderla le fue fatal y luego de sepultarla regresó a Quito “para meditar y morir”, como dijo a la prensa. En efecto, el 30 de marzo falleció y en el certificado de defunción consta que murió por “úlcera de stress”.
Velasco no tuvo una definición política clara, aunque se consideraba católico y liberal. En sus gobiernos se rodeaba de ministros y colaboradores de diversas tendencias y en sus administraciones la improvisación parecía evidente. La Constitución era una camisa de fuerza que se obligaba a romperla. Sólo el período de 1956 a 1960 pudo completarlo.
Velasco Ibarra actuó en situaciones turbulentas nacionales a internacionales como político o gobernante. La Revolución del 28 de mayo de 1944 le trajo del exilio al poder; entonces declaró nulo el Protocolo de Río de Janeiro que puso fin a la guerra con el Perú. En los 50 y por influjo de la revolución cubana, la presión de los Estados Unidos a los países latinoamericanos tenía mucho peso; en 1961 el vicepresidente Carlos Julio Arosemena visitó Cuba sin su consentimiento, cuando en Quito, Guayaquil y Cuenca se producían revueltas estudiantiles sofocadas con violencia. El 3 de noviembre de ese año llegó a Cuenca por sus fiestas cívicas, pero la población le rechazó de plano. Fue su comienzo del fin, pues mandó a prisión al vicepresidente y varios ministros, por lo que una facción militar pidió que renunciara y tuvo que acatarlo. Arosemena pasó de la cárcel a la presidencia.
Huellas positivas del velasquismo quedaron en temas de acción social, obras viales y, sobre todo, en la admiración popular al líder que no usó el poder en beneficios personales o de corrupción, aunque gente de su entorno pudo andar por esos senderos. La carta que acompaña a esta nota es testimonio de honestidad del mandatario que, en contraste con la demagogia o inestabilidad de sus mandatos, no sucumbió a las tentaciones, como en la historia reciente del Ecuador, con mandatarios, vice presidentes o ministros judicialmente sentenciados, en prisión, o prófugos de la Justicia.
